
Ay qué alegre, alegrísimo, vieran como disfruto tener que levantarme a la hora que me levanto para salir corriendo y colgarme de la puerta de un bus, colarme con mi bolso al hombro en la famosa fila de enmedio, mientras escucho los berridos del ayudante "córrete chavo, te lo estoy pidiendo con educación", a huevo, lo suficientemente educado para empezar el día con cara de maliado, y uno, también.
Eso para la mañanita, solo para irse a la oficina, para el traslado más elemental y necesario, de la cama a la oficina (cheludo, con los ojos puspos del sueño, medio engomado ocasionalmente, hambriento a la espera de la refa). Suerte mía que de mi casa a Piedra Santa el tráfico está en contra, así que todo está despejado cuando me voy, 20 minutos y dos buses, qué alegría, gozo, felicidad. En mi trabajo anterior solo tomaba 3 buses, pero como el reloj no me quiere, me gastaba una buena cantidad del sueldo en taxis, belleza pues, luego regresar a la casa, a ponerme mi numerito de res y subirme al camión, al lomo de la burra.
Pero hasta ahí todo tranquilo, el regalito es cuando hay que ir a hacer mandados, que dejar un disco, que recoger un libro, que reunión en no sé donde, ja, ahí se pone bonito, lindo, llegar a las reuniones todo tiznado de humo, como la gran puta porque cruzaste un par de palabritas con el señor chofer, llega uno normalmente con retraso de un par de minutos y con cara de "no tengo carro disculpen", cualquier excusa es inútil, todo el mundo sabe que los buses son la barca de caronte y que mucho es con haber llegado, todo el mundo lo sabe pero no todo el mundo lo perdona, amén.
Almuerzos con los cuates, escapadas a resolver asuntos personales o emergencias, pues nada, taxi o te aguantás, c´est la vie, sóquela, "es que no tengo como llegar", ay dios papá, ahí le encargo.
Pero se vuelve uno ducho, cowboy de la ciudá, trucha de las camionetas, guerrillero del taxi, y Julito Serrano, señoras y señores, siempre llega.
foto: Allan Karl




